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  Opinión septiembre-octubre 2005
     
  Ciudades, energía y medio ambiente  
     
  Emilio Menéndez Pérez
Doctor Ingeniero de Minas
Profesor honorífico de las Universidades Autónoma y Politécnica de Madrid
emilio.menendez@uam.es
 
     
 

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX nuestra forma de vida ha cambiado de manera sensible. El nivel económico de una parte de la humanidad, la de nuestro entorno, ha crecido muy significativamente. En paralelo, se ha producido un aumento notable de la movilidad de personas y de mercancías, junto con un desarrollo de las ciudades y áreas urbanas. Todo ello ha sido posible gracias a la disponibilidad y capacidad de utilización de energía comercial, la mitad de la cual procede del petróleo.

Los usos energéticos originan, entre otros, dos problemas graves para el futuro de la humanidad:

  • Conflictos armados de diverso tipo para acceder a la extracción y comercialización del petróleo. El siglo XX ha sido el de las guerras del petróleo, desde que, en 1917, Reino Unido intervino en Irak para unir bajo su mano las empresas Anglo Persian Oil Company y Turkish Oil Company. No deberíamos empezar este siglo XXI sin reflexionar sobre el hecho de que estos conflictos (y los que pudieran surgir por el control del gas natural) pueden llevarnos a una confrontación planetaria de pueblos y culturas. Las dos terceras partes de las reservas de petróleo y de gas natural se localizan en territorios de cultura y religión musulmana.
  • Incidencia en el cambio climático. El incremento de las emisiones de CO2 procedentes de los combustibles fósiles y el aumento de su concentración en las capas altas de la atmósfera potencian el efecto invernadero y el calentamiento global, que trae consecuencias negativas sobre el clima. La huella ecológica de la humanidad equivale a la superficie de la Tierra emergida, y la mitad de esa huella se debe a los usos energéticos y sus consecuencias, en gran medida en conexión con la emisión de gases de efecto invernadero y el cambio climático.

Pero no disponer del adecuado servicio de energía comercial supone, para una parte importante de la humanidad, una situación problemática, ya que se necesita energía para asegurar un cierto crecimiento económico y un desarrollo social: se han de obtener productos comerciales y transportarlos al mercado, así como atender las necesidades de servicios de todo tipo, algunos tan prioritarios como la sanidad, la educación o el suministro de agua potable.

No podemos olvidar que hay una parte amplia de la humanidad abandonada a su suerte, sin acceso a muchos servicios. La cuarta parte de la población mundial no puede encender la luz eléctrica, o no está conectada a la red, ni dispone de pequeñas instalaciones individuales de generación. Esa situación ha de cambiar cueste lo que cueste; hoy la electricidad se debe considerar un “derecho ciudadano”, como el agua o la sanidad, en un plano muy cercano al de los derechos humanos, que ya deberían estar garantizados para todos.

Las ciudades y las grandes áreas urbanas (al menos las del mundo más o menos desarrollado) son los usuarios mayoritarios de energía de forma directa e indirecta. La vida rural, en general, es mucho menos intensiva energéticamente que la urbana.

a) Energía directa. En consumos tales como movilidad y transporte; calefacción o refrigeración; y accionamiento de equipos diversos, privados –como los electrodomésticos– o de uso común –como plantas de tratamiento de agua.

b) Energía indirecta. En la utilización de bienes estructurales (cemento, acero, vidrio o cerámica), ligados directamente con la construcción de edificios; o de bienes de consumo, a veces de usar y tirar (celulosa, vidrio o aluminio), que son intensivos en consumo de energía durante su producción.

En estas notas nos vamos a centrar en el apartado “a”, pero dejando el “b” (que se une a unos hábitos culturales progresivamente consumistas y derrochadores, sin reflexionar en lo que significa el uso de energía comercial en las sociedades desarrolladas) para la reflexión personal.

La movilidad y el transporte son el primer concepto de consumo energético, variable de unos entornos a otros. En el conjunto de la Unión Europea, suponen aproximadamente el 30% de la demanda total de energía. La media española se acerca al 40% (luego veremos el porqué de esa diferencia), y en los entornos urbanos se acerca al 50% del consumo total de energía. Va a ser el hilo principal de reflexión en estas páginas, aunque se tendrá presente de fondo el uso de energía en cualquier concepto.

Los combustibles, aparte de los de automoción, tienen diversos usos como aporte térmico a los procesos industriales o a la demanda de los edificios. Por lo que respecta a los entornos urbanos, en calefacción y en cocina, el empleo de combustibles de uso directo es más eficiente a efectos energéticos globales que la utilización de electricidad, que arrastra las ineficiencias de su producción y distribución.

La electricidad en la ciudad es esencial: para la iluminación, para la movilidad en ciertos transportes públicos, para el funcionamiento de los electrodomésticos, etc. Las áreas urbanas son sumideros eléctricos, a ellas llega este vector energético por líneas aéreas y se distribuye por cables subterráneos. El consumo de electricidad no es muy significativo en la iluminación y el transporte electrificado, incluyendo los ferrocarriles de cercanías: suponen cada uno cerca del 5% de la demanda total. Los grandes consumos están en otras actividades.

La cadencia del consumo eléctrico sigue las pautas de vida de los ciudadanos: es bajo de noche y presenta dos puntas de demanda durante el día, entre la una y las tres de la tarde, y entre las siete y las diez de la noche. Estos picos de demanda son un problema en el sistema eléctrico, que de ser exagerados o coincidir con fallos en el propio sistema pueden ocasionar situaciones de falta en el suministro. El uso progresivo de los sistemas de aire acondicionado está acrecentando esas puntas en el verano.

Lee el artículo completo clicando aquí (PDF).

 
     
 
       
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