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A lo largo de la segunda mitad del siglo
XX nuestra forma de vida ha cambiado de manera sensible.
El nivel económico de una parte de la humanidad,
la de nuestro entorno, ha crecido muy significativamente.
En paralelo, se ha producido un aumento notable de
la movilidad de personas y de mercancías, junto
con un desarrollo de las ciudades y áreas urbanas.
Todo ello ha sido posible gracias a la disponibilidad
y capacidad de utilización de energía
comercial, la mitad de la cual procede del petróleo.
Los
usos energéticos originan, entre otros,
dos problemas graves para el futuro de la humanidad:
- Conflictos
armados de diverso tipo para acceder a la extracción
y comercialización del petróleo.
El siglo XX ha sido el de las guerras del petróleo,
desde que, en 1917, Reino Unido intervino en Irak
para unir bajo su mano las empresas Anglo Persian
Oil Company y Turkish Oil Company. No deberíamos
empezar este siglo XXI sin reflexionar sobre el
hecho de que estos conflictos (y los que pudieran
surgir por el control del gas natural) pueden llevarnos
a una confrontación planetaria de pueblos
y culturas. Las dos terceras partes de las reservas
de petróleo y de gas natural se localizan
en territorios de cultura y religión musulmana.
- Incidencia
en el cambio climático. El incremento de
las emisiones de CO2 procedentes de los combustibles
fósiles y el aumento de su concentración
en las capas altas de la atmósfera potencian
el efecto invernadero y el calentamiento global,
que trae consecuencias negativas sobre el clima.
La huella ecológica de la humanidad equivale
a la superficie de la Tierra emergida, y la mitad
de esa huella se debe a los usos energéticos
y sus consecuencias, en gran medida en conexión
con la emisión de gases de efecto invernadero
y el cambio climático.
Pero no disponer del adecuado servicio de energía
comercial supone, para una parte importante de la
humanidad, una situación problemática,
ya que se necesita energía para asegurar un
cierto crecimiento económico y un desarrollo
social: se han de obtener productos comerciales y
transportarlos al mercado, así como atender
las necesidades de servicios de todo tipo, algunos
tan prioritarios como la sanidad, la educación
o el suministro de agua potable.
No podemos olvidar
que hay una parte amplia de la humanidad abandonada
a su suerte, sin acceso a muchos
servicios. La cuarta parte de la población
mundial no puede encender la luz eléctrica,
o no está conectada a la red, ni dispone de
pequeñas instalaciones individuales de generación.
Esa situación ha de cambiar cueste lo que
cueste; hoy la electricidad se debe considerar un “derecho
ciudadano”, como el agua o la sanidad, en un
plano muy cercano al de los derechos humanos, que
ya deberían estar garantizados para todos.
Las
ciudades y las grandes áreas urbanas
(al menos las del mundo más o menos desarrollado)
son los usuarios mayoritarios de energía de
forma directa e indirecta. La vida rural, en general,
es mucho menos intensiva energéticamente que
la urbana.
a) Energía directa. En consumos tales como
movilidad y transporte; calefacción o refrigeración;
y accionamiento de equipos diversos, privados –como
los electrodomésticos– o de uso común –como
plantas de tratamiento de agua.
b) Energía indirecta. En la utilización
de bienes estructurales (cemento, acero, vidrio o
cerámica), ligados directamente con la construcción
de edificios; o de bienes de consumo, a veces de
usar y tirar (celulosa, vidrio o aluminio), que son
intensivos en consumo de energía durante su
producción.
En estas notas nos vamos a centrar
en el apartado “a”,
pero dejando el “b” (que se une a unos
hábitos culturales progresivamente consumistas
y derrochadores, sin reflexionar en lo que significa
el uso de energía comercial en las sociedades
desarrolladas) para la reflexión personal.
La
movilidad y el transporte son el primer concepto de
consumo energético, variable de unos entornos
a otros. En el conjunto de la Unión Europea,
suponen aproximadamente el 30% de la demanda total
de energía. La media española se acerca
al 40% (luego veremos el porqué de esa diferencia),
y en los entornos urbanos se acerca al 50% del consumo
total de energía. Va a ser el hilo principal
de reflexión en estas páginas, aunque
se tendrá presente de fondo el uso de energía
en cualquier concepto.
Los combustibles, aparte de los
de automoción,
tienen diversos usos como aporte térmico a
los procesos industriales o a la demanda de los edificios.
Por lo que respecta a los entornos urbanos, en calefacción
y en cocina, el empleo de combustibles de uso directo
es más eficiente a efectos energéticos
globales que la utilización de electricidad,
que arrastra las ineficiencias de su producción
y distribución.
La electricidad en la ciudad
es esencial: para la iluminación, para la movilidad en ciertos
transportes públicos, para el funcionamiento
de los electrodomésticos, etc. Las áreas
urbanas son sumideros eléctricos, a ellas
llega este vector energético por líneas
aéreas y se distribuye por cables subterráneos.
El consumo de electricidad no es muy significativo
en la iluminación y el transporte electrificado,
incluyendo los ferrocarriles de cercanías:
suponen cada uno cerca del 5% de la demanda total.
Los grandes consumos están en otras actividades.
La
cadencia del consumo eléctrico sigue las
pautas de vida de los ciudadanos: es bajo de noche
y presenta dos puntas de demanda durante el día,
entre la una y las tres de la tarde, y entre las
siete y las diez de la noche. Estos picos de demanda
son un problema en el sistema eléctrico, que
de ser exagerados o coincidir con fallos en el propio
sistema pueden ocasionar situaciones de falta en
el suministro. El uso progresivo de los sistemas
de aire acondicionado está acrecentando esas
puntas en el verano.
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