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La creciente preocupación
por el fenómeno del cambio climático
y la cada vez mayor sensibilización de los gobiernos
y de la sociedad por la protección del medio
ambiente abren un nuevo marco económico y de
gestión medioambiental para las empresas, en
general, y para determinados sectores industriales,
en particular; entre ellos, el de las empresas energéticas.
Para
estas últimas, ha aumentado el interés
de los accionistas y de otros agentes financieros para
conocer en detalle la estrategia de las empresas ante
los nuevos retos y exigir unas reglas de buen gobierno
que garanticen unas políticas sostenibles y
un correcto comportamiento medioambiental.
Para adaptarse
a la normativa y a las exigencias actuales, es necesario
diseñar una estrategia medioambiental
alrededor de tres grandes líneas de actuación:
la reducción de emisiones de gases de efecto
invernadero según el Protocolo de Kyoto y la
Directiva de Comercio de Emisiones; la implantación
de un Sistema de Gestión Ambiental; y, finalmente,
la búsqueda de la excelencia empresarial como
factor diferenciador de mercado.
La finalidad última de estas medidas al sector
energético tiene que consistir en mejorar la
eficiencia de los procesos, tanto propios como de sus
clientes, promoviendo el uso racional de un bien escaso
como es la energía y, adicionalmente, reducir
los factores de emisión de gases de efecto invernadero
y otros contaminantes.
La estrategia de las empresas
energéticas en
relación con la reducción de emisiones
tiene que consistir, fundamentalmente, en utilizar
las mejores tecnologías disponibles para cada
proceso. Esta idea se está materializando con
una mayor presencia de centrales de ciclo combinado,
junto con la incorporación de energías
renovables a la cartera de generación eléctrica;
con el aumento de la eficiencia energética de
sus instalaciones más antiguas, promoviendo
plantas de cogeneración y de generación
eléctrica distribuida; y, por último,
con el fomento de medidas de ahorro energético
en edificios e instalaciones de nuevo diseño.
Además, aprovechando la característica
multinacional de estas empresas, esta política
los puede beneficiar si aprovechan los mecanismos de
flexibilidad establecidos por el Protocolo de Kyoto,
mediante los cuales, desarrollando soluciones energéticas
de alta eficiencia en países en vías
de desarrollo, pueden obtener derechos de emisión
que reduzcan sus compromisos en el país de origen.
Una
segunda línea de actuación ha de
orientarse hacia el establecimiento de una política
medioambiental y la implantación de un sistema
de gestión medioambiental, que tienen que ser
validados por la certificación de sus principales
procesos según la ISO 14001 o el Reglamento
EMAS.
Las políticas de gestión ambiental se
tienen que dirigir a identificar, reducir y prevenir
el impacto medioambiental derivado de las actividades
que realizan las empresas energéticas, incorporando
criterios medioambientales a sus procesos y transmitiéndolos
a sus proveedores y clientes, para involucrarlos e
impulsar una mejora continuada.
Por último, las empresas energéticas
tienen que fijarse compromisos suficientes para lograr
la excelencia empresarial, participando en diferentes
iniciativas en las que se tengan en cuenta, no sólo
los beneficios económicos y empresariales, sino
también aspectos como por ejemplo la ética,
la transparencia y la sostenibilidad.
Los actuales índice
internacionales Dow Jones Sustainability Index (DJSI)
y Footse for Good (FTSE4Good),
por ejemplo, constituyen algunos de los instrumentos
que permiten medir y evaluar los adelantos empresariales
en materia de sostenibilidad y responsabilidad social
corporativa.
Por lo tanto, como conclusión, se podría
destacar que la verificación del adecuado cumplimiento
de los compromisos medioambientales adoptados por las
empresas tiene que constituirse como un objetivo prioritario,
particularmente en aquellas empresas energéticas
que, por su actividad, pueden tener impactos significativos
sobre el medio ambiente.
Únicamente con una estrategia de este tipo
puede conseguirse un alto nivel de compromiso empresarial
que conduzca a la excelencia y que haga que las empresas
energéticas se impliquen con su entorno y sean
percibidas como instrumentos al servicio de la sociedad
que, a la vez, aportan valor a sus accionistas.
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