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  Opinión noviembre-diciembre 2006
     
  Energía y geopolítica  
     
  Mariano Marzo
Catedrático de Recursos Energéticos
Universidad de Barcelona
mariano.marzo@ub.edu

 
     
 

La nuestra es una sociedad de alto consumo energético basada en la explotación del carbón, el petróleo y el gas natural. El privilegiado nivel de vida de buena parte de los ciudadanos de los países industrializados se fundamenta en los hidrocarburos originados y atesorados en la corteza terrestre. De la misma forma que hablamos de las civilizaciones de la Edad de Piedra o del Bronce, podemos afirmar que el hombre moderno se encuadra en la edad de los hidrocarburos. Porque, nos guste o no, hoy en día cerca del 83% de la energía primaria comercial consumida en el mundo procede de combustibles fósiles. Las energías renovables suministran el 5,5% del total y la nuclear el 11,5 %. Es obvio que durante un largo periodo de tiempo no podremos apañarnos sin petróleo, gas y carbón.

Pocos dudan ya del potencial de crecimiento de las energías renovables en los países industrializados. Sin embargo, se estima que hacia el 2030 los combustibles fósiles todavía representarán más del 80% de la energía primaria que el mundo consumirá. Esta cifra podría descender al 55% en el 2060, pero este porcentaje se refiere a un consumo total de energía que podría ser dos veces el actual. Si no se produce una espectacular revolución tecnológica o se revisa el dogma del crecimiento económico ilimitado global, la conclusión es clara: aunque en el futuro el porcentaje de consumo de los combustibles fósiles decrecerá en favor de las energías renovables, la cantidad total de carbón, petróleo y gas utilizada se incrementará respecto a los niveles actuales. Y no sólo eso, sino que la resurrección e irresistible ascensión del “uso limpio” del carbón y de la energía nuclear de fisión están “cantadas”. A fin de cuentas, los países industrializados de la OCDE solo pueden presumir de una relativa independencia por lo que respecta a la disponibilidad de recursos de carbón y uranio.

La situación es completamente diferente en el caso del petróleo y el gas. Diversos organismos oficiales sostienen que los recursos mundiales son suficientes para cubrir el incremento previsto de la demanda, aunque existen serias incertidumbres y una gran opacidad sobre la contabilidad de las reservas. En cualquier caso, se necesitará un esfuerzo inversor sin precedentes para desarrollar nuevas reservas y se asistirá a un importante cambio en la procedencia de los suministros, que deberán ser mayoritariamente cubiertos desde Oriente Medio y la antigua Unión Soviética. En este contexto, la actual situación geopolítica en Oriente Medio resulta preocupante. Como resalta la Agencia Internacional de la Energía, si no pudieran concretarse a tiempo las inversiones necesarias, la extracción y exportación de petróleo y gas experimentarían caídas significativas que podrían modificar de forma notable el balance energético global.

El comercio internacional de los combustibles fósiles está llamado a experimentar una gran expansión, ya que todos los países que en la actualidad son importadores netos de petróleo, muy particularmente los de Asia y los pertenecientes a la OCDE y a la Unión Europea, verán incrementar su dependencia de Oriente Medio. Del mismo modo, los mercados del gas que experimenten un mayor crecimiento, como por ejemplo Europa, también serán más dependientes de las importaciones. Como últimamente destacan los titulares de prensa, en el caso del suministro de gas natural a la Unión Europea, resulta vital acelerar los planes ya previstos para diversificar las fuentes de suministro y asegurar el procedente de Rusia. Este ejemplo ilustra perfectamente una tendencia global: la necesidad de multiplicar los gaseoductos transnacionales e impulsar el comercio de gas natural licuado, opciones que comportan un aumento del riesgo de interrupciones temporales de suministro, tanto por la inestabilidad política de los principales países exportadores, como porque en su ruta hacia los mercados los hidrocarburos deben atravesar algunos puntos peligrosos, como los estrechos de Ormuz, Bab el-Mandeb y Malaca.

En los albores del siglo veintiuno, la garantía de un suministro creciente de petróleo y gas natural es un pilar básico para el desarrollo de los estados y, como viene sucediendo desde hace al menos cinco generaciones, asegurarse el abastecimiento y el acceso privilegiado a estas materias primas constituye una poderosa razón de estado. Para cualquier estado moderno, hablar de geopolítica resulta casi sinónimo de políticas relacionadas con los hidrocarburos. Ni la mayoría de los países industrializados ni los gigantes demográficos en vías de desarrollo, tienen reservas ni producción suficientes para impedir una creciente dependencia energética y, por otro lado, el mercado global no esta abierto al libre comercio. Al menos en lo que al sector de reservas y producción se refiere, dicho mercado está en gran medida controlado por monopolios u organismos estatales. Como afirmaba en un discurso pronunciado en 1999 en el Instituto del Petróleo de Londres el actual vicepresidente de EE.UU., Dick Cheney, “el petróleo sigue siendo fundamentalmente un negocio entre gobiernos”.

 
     
 
       
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