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La nuestra es una sociedad
de alto consumo energético basada en la explotación
del carbón, el petróleo y el gas natural.
El privilegiado nivel de vida de buena parte de los
ciudadanos de los países industrializados se
fundamenta en los hidrocarburos originados y atesorados
en la corteza terrestre. De la misma forma que hablamos
de las civilizaciones de la Edad de Piedra o del Bronce,
podemos afirmar que el hombre moderno se encuadra en
la edad de los hidrocarburos. Porque, nos guste o no,
hoy en día cerca del 83% de la energía
primaria comercial consumida en el mundo procede de
combustibles fósiles. Las energías renovables
suministran el 5,5% del total y la nuclear el 11,5
%. Es obvio que durante un largo periodo de tiempo
no podremos apañarnos sin petróleo, gas
y carbón.
Pocos dudan ya del potencial de crecimiento
de las energías renovables en los países industrializados.
Sin embargo, se estima que hacia el 2030 los combustibles
fósiles todavía representarán
más del 80% de la energía primaria que
el mundo consumirá. Esta cifra podría
descender al 55% en el 2060, pero este porcentaje se
refiere a un consumo total de energía que podría
ser dos veces el actual. Si no se produce una espectacular
revolución tecnológica o se revisa el
dogma del crecimiento económico ilimitado global,
la conclusión es clara: aunque en el futuro
el porcentaje de consumo de los combustibles fósiles
decrecerá en favor de las energías renovables,
la cantidad total de carbón, petróleo
y gas utilizada se incrementará respecto a los
niveles actuales. Y no sólo eso, sino que la
resurrección e irresistible ascensión
del “uso limpio” del carbón y de
la energía nuclear de fisión están “cantadas”.
A fin de cuentas, los países industrializados
de la OCDE solo pueden presumir de una relativa independencia
por lo que respecta a la disponibilidad de recursos
de carbón y uranio.
La situación es completamente diferente en
el caso del petróleo y el gas. Diversos organismos
oficiales sostienen que los recursos mundiales son
suficientes para cubrir el incremento previsto de la
demanda, aunque existen serias incertidumbres y una
gran opacidad sobre la contabilidad de las reservas.
En cualquier caso, se necesitará un esfuerzo
inversor sin precedentes para desarrollar nuevas reservas
y se asistirá a un importante cambio en la procedencia
de los suministros, que deberán ser mayoritariamente
cubiertos desde Oriente Medio y la antigua Unión
Soviética. En este contexto, la actual situación
geopolítica en Oriente Medio resulta preocupante.
Como resalta la Agencia Internacional de la Energía,
si no pudieran concretarse a tiempo las inversiones
necesarias, la extracción y exportación
de petróleo y gas experimentarían caídas
significativas que podrían modificar de forma
notable el balance energético global.
El comercio
internacional de los combustibles fósiles
está llamado a experimentar una gran expansión,
ya que todos los países que en la actualidad
son importadores netos de petróleo, muy particularmente
los de Asia y los pertenecientes a la OCDE y a la Unión
Europea, verán incrementar su dependencia de
Oriente Medio. Del mismo modo, los mercados del gas
que experimenten un mayor crecimiento, como por ejemplo
Europa, también serán más dependientes
de las importaciones. Como últimamente destacan
los titulares de prensa, en el caso del suministro
de gas natural a la Unión Europea, resulta vital
acelerar los planes ya previstos para diversificar
las fuentes de suministro y asegurar el procedente
de Rusia. Este ejemplo ilustra perfectamente una tendencia
global: la necesidad de multiplicar los gaseoductos
transnacionales e impulsar el comercio de gas natural
licuado, opciones que comportan un aumento del riesgo
de interrupciones temporales de suministro, tanto por
la inestabilidad política de los principales
países exportadores, como porque en su ruta
hacia los mercados los hidrocarburos deben atravesar
algunos puntos peligrosos, como los estrechos de Ormuz,
Bab el-Mandeb y Malaca.
En los albores del siglo veintiuno,
la garantía
de un suministro creciente de petróleo y gas
natural es un pilar básico para el desarrollo
de los estados y, como viene sucediendo desde hace
al menos cinco generaciones, asegurarse el abastecimiento
y el acceso privilegiado a estas materias primas constituye
una poderosa razón de estado. Para cualquier
estado moderno, hablar de geopolítica resulta
casi sinónimo de políticas relacionadas
con los hidrocarburos. Ni la mayoría de los
países industrializados ni los gigantes demográficos
en vías de desarrollo, tienen reservas ni producción
suficientes para impedir una creciente dependencia
energética y, por otro lado, el mercado global
no esta abierto al libre comercio. Al menos en lo que
al sector de reservas y producción se refiere,
dicho mercado está en gran medida controlado
por monopolios u organismos estatales. Como afirmaba
en un discurso pronunciado en 1999 en el Instituto
del Petróleo de Londres el actual vicepresidente
de EE.UU., Dick Cheney, “el petróleo sigue
siendo fundamentalmente un negocio entre gobiernos”.
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