| |
Dice el sentido común,
y lo corroboran los profesionales de la pedagogía,
que la norma fundamental a la hora de educar y formar
en valores es mantener siempre la coherencia entre
las palabras y los hechos. Cualquier ejercicio comunicativo,
tanto si tiene una finalidad educativa cómo
si simplemente quiere difundir conocimientos o informar,
no puede estar exento, pues, de cumplir esta condición
a la hora de transmitir aquello que se quiere expresar.
Sin
embargo, una cosa es cambiar de forma individual la
opinión sobre una cuestión y modificar
todo seguido determinadas actitudes para garantizar
la coherencia personal, y otra muy diferente pretender
que al día siguiente de suscribir una carta
de principios que pone en cuestión el funcionamiento
y la ética de un modelo socioeconómico
todo el mundo acepte y haga suyos los referentes del
paradigma que se propone como recambio. En este sentido,
las leyes que la mecánica clásica utiliza
para describir la fuerza de la inercia y los efectos
que tiene sobre los elementos de un sistema en movimiento,
son perfectamente aplicables a la dinámica de
los modelos de organización y de relación
humana.
Trasladando este paralelismo a la cultura de
la sostenibilidad, parece que han hecho falta de momento
una veintena
de años de ir profundizando en los valores del
desarrollo sostenible para que la percepción
del binomio economía-ecología se haya
ido consolidando en favor de una visión integrada
que entienda la necesidad de poner límites a
determinadas actividades productivas, en lugar de continuar
con la inercia de ignorar la finitud de los recursos
naturales planetarios. El hecho, pero, que la reflexión
haya surgido de una de las dos bandas -la del conocimiento
científico relacionado con el estudio de los
ecosistemas, y de la conciencia ambiental que deriva-,
hace que el otro extremo de la balanza vea todavía
los cambios con recelo, sobre todo porque cuestiones
que tienen más a ver con la contabilidad política
a corto plazo que con la verdadera economía,
paralizan su capacidad de actuar.
Ahora bien, al margen
de si las cosas cambian más
o menos rápido -todo depende, como siempre,
del observador-, la verdad es que en cualquier parte
del mundo instituciones y grandes grupos empresariales
subscriben acuerdos en nombre de la sostenibilidad,
firman pactos y convenios, piden la responsabilidad
social corporativa, y muestran con orgullo cómo
aplican medidas que, a pesar de ser a menudo sólo
de higiene ambiental y tener poco de sostenibilista,
-bienvenidas sean, no obstante- aportan un grano de
arena al esfuerzo colectivo. Llegar a la coherencia
sistémica requiere inevitablemente tiempo y
capacidad de ir sumando voluntades, por lo cual las
ideas más renovadores tienen que convivir con
otras que están ancladas en paradigmas superados
e inviables a medio plazo.
Así, mientras algunos sectores apuestan para
analizar la actividad económica y productiva
bajo la luz de nuevos principios éticos, y medir
la realidad con nuevos indicadores que den al prefijo “eco” un único
significado, otros insisten todavía en pedir
el libre mercado a cualquier precio y no contemplar
factores que recorten el crecimiento de los indicadores
de toda la vida.
¿Qué mejor que un par de ejemplos para
ilustrar esta idea? Los electrodomésticos eficientes
consumen hasta un cincuenta por ciento menos de electricidad
que los electrodomésticos de clase más
baja si tenemos en cuenta ciclos de vida enteros. Desde
determinados organismos de la Administración,
se apuesta de forma decidida con objeto de fomentar
el ahorro de energía y reducir las emisiones;
se hacen campañas informativas y, incluso, se
dan ayudas a los ciudadanos para que tomen esta opción
a la hora de renovar los electrodomésticos.
Des de otras instancias relacionadas con la actividad
productiva se aduce, en cambio, que en un modelo de
libre mercado no se pueden poner límites a los
fabricantes que quieren producir electrodomésticos
ineficientes, siempre que garanticen la seguridad del
producto.
Los automóviles de gran potencia y peso elevado
han representado uno de los principales consumidores
de energía en los últimos años
en la movilidad rodada, y como consecuencia, uno de
los principales emisores de gases contaminantes y de
efecto invernadero. Los efectos negativos se detectan
tanto a escala local -especialmente en las ciudades,
donde se ve afectada la salud de las personas- como
global. Por lo tanto, una parte de la Administración
pide una conducción eficiente, un uso responsable
del vehículo y una mayor utilización
de los medios de transporte público colectivo.
Des de otras instancias, en cambio, se ignoran las
voces que piden introducir restricciones en la venta
de estos vehículos y sólo se concede,
por ejemplo, poder reducir la cantidad de emisiones
permitida de los motores de combustión.
Educar
e informar la ciudadanía sobre los límites
medioambientales, o concienciarla de que el desarrollo
económico no equivale inevitablemente a un consumo
más alto de recursos, ha de ir acompañado
de la introducción de restricciones en la libertad
de mercado con respecto a determinadas actividades
productivas que viven de espaldas a la realidad medioambiental.
Apelar
a la buena voluntad, la causa justa o el temor a las
consecuencias ya no son instrumentos suficientes
a la hora de comunicar, y que por sí sólo
contribuyan al cambio de actitudes colectivas; menos
todavía cuando los valores que transmiten ciertos
medios -la publicidad es un buen ejemplo- ponen el énfasis
en el disfrute individual a corto plazo y en un mundo
sin límites.
Hace falta, pues, que la estrategia
comunicativa encuentre un espaldarazo en la actuación de los administradores
responsables de la actividad económica y productiva,
con objeto de reforzar la sincronía entre el
que se dice, lo que se dice que se hace, lo que se
dice que se tiene que hacer y lo que, finalmente, se
hace. Es decir, actuar y comunicar desde la coherencia.
|
|