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  Opinión marzo-abril 2007
     
  Desarrollo sostenible, ahora aún más urgente y oportuno  
     
  Domingo Jiménez Beltrán
Asesor del Observatorio de la Sostenibilidad en España
jimenezsolem@telefonica.net
 
     
 

De cambio climático a clímax para el cambio. Así propugnaba hace años una ONG el inexorable cambio en los modelos de desarrollo, en los sistemas de producción y de consumo, hoy obligado para mitigar en lo posible el cambio climático. Es curiosa esta aparente complicidad en los desafíos, que no es tal, sino que está determinada por las interacciones e impactos negativos que se van magnificando unos a otros dentro de los insostenibles modelos de desarrollo actuales.

Si, por un lado, está claro que deberíamos cambiar (aunque no hubiera cambio climático) el sistema energético actual basado en los combustibles fósiles, debido tanto a su limitada disponibilidad en el tiempo (con periodos sólo superiores a los 80 años en el caso del carbón) como a los impactos ambientales otros que el efecto invernadero; también está claro que este cambio y el más amplio relacionado con los sistemas de producción y de consumo no llevaban camino de materializarse hasta que todas las alarmas se han disparado por el ya en marcha cambio climático y por las prognosis de los costes ambientales y socioeconómicos consiguientes.

Este clímax para el cambio que propicia el desafío del cambio climático ha permitido hablar incluso de una tercera Revolución Industrial, y esta vez a nivel global y movida por el abandono de los dos recursos que propiciaron las dos revoluciones industriales anteriores: el carbón –base de la primera revolución industrial– y el petróleo –que propició la segunda.

Y, si hay algo de esperanzador en este primer gran desafío global que supone el cambio climático, es que por primera vez contamos con un paradigma: el del desarrollo sostenible, al que podemos recurrir para abordarlo de forma eficiente y mitigar en parte significativa los impactos, si actuamos rápidamente, siendo el tiempo y la envergadura del cambio los factores determinantes.

En medio ambiente estamos acostumbrados a que, cada vez que nos enfrentamos a un desafío ambiental (de contaminación atmosférica, de aguas, residuos…) y conseguimos algún éxito, inmediatamente surgen nuevos desafíos, porque no atajamos el origen de los mismos. Estos desafíos normalmente están en los sistemas de producción y consumo, en la insostenibildad de las políticas económicas y sectoriales, de transporte, energía, turismo, agricultura, urbanismo y ordenación del territorio, y que no pueden sustraerse al hecho de prosperar acompañándose de más uso de recursos y degradación ambiental.

El secreto es simple y se conoce como ecoeficiencia, o progresar en calidad de vida con menor uso de recursos y degradación ambiental. Esto es lo que es lo que se conoce como desarrollo sostenible.

Y el corolario es bien sencillo: se trata de conseguir mejoras ambientales y, en el caso del cambio climático, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (EGEI). Esto debe realizarse no sólo como objetivo en sí mismo, sino sobre todo como resultado de un cambio en el modelo de desarrollo, de un desarrollo más sostenible, con políticas económicas y sectoriales guiadas por la ecoeficiencia y la suficiencia, ya que se trata de conseguir más con menos, o incluso con bastante menos. Esto es lo que se ha dado en llamar “factor cuatro” (doble calidad de vida con la mitad de recursos) o hasta “factor diez” (por ejemplo, en el caso de las EGEI, duplicar el desarrollo con la quinta parte de las emisiones, que es lo que tendrán que hacer los países desarrollados para finales de este siglo).

Y lo curioso es que esto no sólo es posible, sino que, además, es deseable y saludable, incluso en términos económicos. No se trata de menor desarrollo, sino diferente y más perdurable en el tiempo, primando la innovación, o tecnología “a tope”, o la ecoinnovación (o innovación dirigida por la ecoeficiencia). Esto implica ventajas competitivas in crescendo, según aumentan los costes de las materias primas, de los combustibles y carburantes y los costes ambientales asociados.

Un ejemplo palpable son las ventajas obtenidas por los países de la Unión Europea respecto a Estados Unidos (que consume hasta un 70% más de energía que la UE por cada unidad de PIB) tanto en eficiencia energética, como en el desarrollo de tecnologías de generación de energías de fuentes renovables (EFR), con España como uno de los países en cabeza.

Hasta un semanario reconocidamente neoliberal como “The Economist” ha llegado a loar las ventajas competitivas de la UE por haberse obligado con el protocolo de Kioto y, consecuentemente, haber entrado en una senda energética más sostenible (aunque no suficiente). De aquí que cada vez más estados y empresas dentro de EE.UU. pretendan obligarse en la reducción de EGEI, y no sólo por solidaridad global.

Un desarrollo, una energía y un transporte más sostenibles son, al mismo tiempo, más innovadores y competitivos, además de más saludables, social, ambiental y económicamente.

En España, en Cataluña y en Barcelona estamos viviendo en estos momento (quizás propiciado por la conjunción reciente de informes científicos y económicos y de algunos “shows” mediáticos sobre el cambio climático) una mayor disposición, incluso un cierto “clímax” para el cambio, por parte de los agentes sociales y económicos, y del consumidor y ciudadano en general. Y ello pese a un panorama bastante crispado políticamente, sobre todo a nivel nacional, donde lo urgente parece marginar a lo importante.

Habría que aprovechar “a tope” tal disposición para introducir los cambios necesarios y significativos, aunque progresivos, sobre todo en la fiscalidad y en las señales de precios, para que el mercado trabajase para la sostenibilidad y la competitividad, y no lo contrario (los precios de la energía eléctrica han decrecido continuamente en la última década en términos reales y no cubren ni siquiera los costes de generación, y aun menos las externalidades ambientales), y explicar a la ciudadanía lo saludable de la medida en términos ambientales, sociales y económicos.

A la vista de los datos del periodo 1990-2004, muchos pensábamos que no iba a ser fácil llegar a un punto de inflexión o reducir los incrementos por debajo del PIB en el creciente y dislocado consumo de energía primaria (y, consecuentemente de, EGEI) en España y sobre todo en el transporte. Y mucho menos que se llegarían a invertir las tendencias de crecimiento y conseguir consumos decrecientes en términos absolutos, pese a los Planes de Ahorro y Eficiencia Energética. Por eso, muchos hemos sido los sorprendidos por el hecho de que esto se haya producido, por primera vez en décadas, al final del 2006.

Los datos consolidados más recientes para el tercer trimestre (boletín del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio) de 2007 muestran que el consumo de energía final bajó en su totalidad (-0,6%), en el acumulado del 2006 (-1,3 %) y en el de los 12 últimos meses (-0,9 %). Y esto pese a la subida preocupante del consumo de electricidad (6,5% en el trimestre y 4% en los 12 últimos meses) y del gasóleo (2,2%), todos compensados por la bajada significativa de las gasolinas (-5,8% en el trimestre y -5,4 en los 12 meses). Lo curioso es que esta reducción en el consumo energético del transporte la viene registrando ya desde el 2004 “El Comptador “, que publica la Agencia de Energía de Barcelona.

¿Quién dijo que la demanda de carburantes era inelástica? La primera interpretación de lo acaecido en el 2006 es que ciertamente empezamos a responder a los incrementos de precios de los carburantes, hasta ahora asociados fundamentalmente a los aumentos que se han producido –especialmente, en los tres últimos años– en los precios del crudo.

¿Qué ocurriría si se pagara el precio justo por ellos? Estos precios justos podrían suponer duplicar el precio, ya que para poder cubrir las externalidades, que a nivel europeo representan hasta un 8% del PIB (mientras que la carga fiscal que soportan actualmente no pasa del 2,5% del PIB) habría que multiplicar hasta por tres la carga fiscal.

Porque no contrastar este “clímax” social –y hasta económico– para el cambio, para enviar las correctas señales de mercado y así, de una vez, racionalizar y arrumbar la demanda energética; en particular, en lo referente a electricidad y carburantes, tanto para reducir su consumo y aumentar la ecoeficiencia de la economía española, como para trasvasar recursos y colocar en pie de igualdad la energías renovables.

No olvidemos que estos déficit, en particular los de la tarifa eléctrica, acabamos pagándolos todos los españoles por la vía presupuestaria, en lugar de pagarlos los que abusan (o abusamos) del consumo.

No habrá mas sostenibilidad sin mejor fiscalidad, lo que no significa más fiscalidad en general, sino gravar lo que es gravoso para la sociedad –como en este caso la energía– y desgravar aquello que se quiere incentivar –como el empleo o las PYMES. Y, desde luego, será difícil que transformemos en oportunidad el desafío del cambio climático, sin recurrir a intervenciones en el mercado que orienten los modelos de producción y consumo.

¿Nos atreveremos a tocar la fiscalidad en el panorama político actual? La timorata subida de la electricidad para el año en curso muestra que muchos siguen pensando que el coste político es alto. La respuesta la encontraremos, en parte, en la Estrategia para el Cambio Climático y la Energía Limpia en ciernes. Esta será, sin duda, la señal más importante de que en la sociedad hay un verdadero “clímax” para el cambio. El resto es retórica.

 
     
 
       
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